
La idea era rematar unos restos de la nevera haciendo un salpicón de marisco, pero a falta de pimiento verde y rojo, opté por unas conchas de peregrino. Precisamente ahora mi padre está de peregrinaje camino a
Santiago. Cosas del subconsciente.
La preparación es tan sencilla que no sé si merece la pena decirla:
Sofrito de cebolla (que no falte nunca) con un poco que pimiento del piquillo y chorrito de vino blanco, se añade picada la sustancia (en esta caso, gambas, mejillones y pulpo) y se le pegan unas vueltas. Finalmente se mezcla con un poco de bechamel, se pone en las conchas y se gratina al horno espolvoreado con queso rallado.
La concha no se come, pero dan ganas.